PSOE y PP: ¿Destrucción Mutua Asegurada? | El Blog de José Alberto Díaz-Estébanez León

PSOE y PP: ¿Destrucción Mutua Asegurada?

Jun 3, 2013

PSOE y PP: ¿Destrucción Mutua Asegurada?

La teoría de la Destrucción Mutua Asegurada hizo fortuna durante la Guerra Fría entre las grandes Superpotencias, y consistía básicamente en la paradójica idea de que la mejor forma de garantizar que no se llegara a la guerra total era precisamente una carrera armamentística que infundiera tal temor del uno al otro que ambos llegaran al convencimiento que era imposible vencer y sobrevivir al conflicto, y por lo tanto ninguno se atrevería a comenzarlo. Es decir, el clásico “si vis pacem, para bellum” (“si quieres paz, prepárate para la guerra”) llevado a su extremo, de manera que armarse hasta los dientes hasta el punto de llegar al borde del abismo garantizaría de alguna manera la paz (tensa y temerosa, pero paz al fin y al cabo).

Si tenía algo de lógica o de acierto esa teoría siempre quedará en una mera discusión bizantina, porque la caída del muro y el desmoronamiento de la Unión Soviética acabó con esa visión bipolar del mundo. Pero el caso es que el tan temido conflicto nunca llegó a producirse, y por lo tanto sus defensores siguen sosteniendo hasta el día de hoy que estaban en lo cierto.

Algo parecido, salvando las distancias, sostienen profundos conocedores del interior aparatista de los grandes partidos en España, PSOE y PP. Ambos se odian, se desprecian y desearían ver la derrota del adversario, pero en igual medida temen que un ataque desmedido podría conllevar una destrucción mutua, es decir, el desmoronamiento del sistema en sí mismo y por lo tanto su propia desaparición.

¿Utilizan de verdad todo su “arsenal” en los ataques entre sí? ¿deberían hacerlo? Y si no lo hacen, ¿es por responsabilidad ante el sistema o por mero instinto de supervivencia?

La crisis económica pasará. Tarde o temprano pasará. Y no lo digo porque yo también me haya fumado esos “brotes verdes” de los que tanto se habla, ni porque las recetas austericidas de Merkel empiecen a funcionar justo antes de matarnos del todo, ni porque a Rajoy y al resto de esa Europa empobrecida y atemorizada le dé un rapto de lucidez rebelde frente a la dictadura monetaria del Cuarto Reich Alemán. Sencillamente por algo tan conocido, obvio y viejo como el mundo: “no hay mal que cien años dure… ni cuerpo que lo resista”.

Llega un momento que no se puede ir más para atrás. Hasta la peor plaga de langostas se termina: bien porque se consigue acabar con las langostas, o bien porque ya no tienen más cultivos de los que alimentarse, y entonces se van o se mueren.

Pero para entonces, corremos el riesgo de que ya se haya enraizado una crisis más profunda: una crisis de identidad, de sistema, de aquello en lo que hemos creído y de lo que habíamos conseguido. Conquistas sociales y laborales destruidas en los últimos cinco años tardarán décadas en recuperarse, si es que se recuperan.

Mi temor, lo confieso, es cuánto de ese equipaje seremos capaces de salvar para no tirarlo por la borda durante la tormenta. Y si algunos que tanto claman (y no sin motivos, pero sin razón) por dinamitar este sistema que tanto les ha decepcionado, son conscientes de cuál es la alternativa, porque buscando la utopía también se puede llegar al infierno del populismo, del extremismo y hasta de la dictadura.

En cualquier caso, las grandes Superpotencias de la Guerra Fría, tan seguras de sí mismas, tan poderosas y tan prepotentes, olvidaban a menudo una realidad obvia como simple: siendo ellas tan numerosas e importantes, el resto del mundo lo era aún más. Ese olvido –ese error- lo cometían a su vez también esos “olvidados”: hubiera bastado con saber organizarse, trazarse objetivos comunes, atreverse a crecer por su cuenta, llegar a acuerdos donde era posible aunque tolerando las diferencias donde fueran insalvables, para acabar con aquel dominio absoluto, injusto y desmedido que, en el fondo, perjudicaba a todos. Y creo que hoy, ocurre igual.

Para cínicos, nostálgicos y cinéfilos, recomiendo revisar una obra maestra de Stanley Kubrick y protagonizada por el a menudo insoportable pero esta vez genial Peter Sellers: “¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú”. Una satírica comedia negra de 1964, que como toda buena comedia no sólo hace reír sino también pensar, y cuya imagen del piloto montado sobre una bomba nuclear como si fuera un caballo de rodeo y agitando su sombrero tejano mientras cae al vacío de la destrucción forma parte ya de la iconografía de la época.

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