Un cuento te prometí | El Blog de José Alberto Díaz-Estébanez León

Un cuento te prometí

Jun 30, 2011

Un cuento te prometí

Un cuento te prometí, y lo prometido es deuda. Un puñado de palabras, apretadas y en su orden caótico, para entresacar una historia como quien escarba en la mina buscando una diminuta pepita de oro que colme sus sueños. Quisiera ser breve pero intenso, lúcido pero no obvio, capaz de hacer reír, llorar, temer, sufrir o amar, y sin duda soñar. Pero no me siento capaz de tanto, así que recurro a tu complicidad para que me ayudes a completar este cuento, que aún no sé cómo empezar, para que dibujes conmigo tu propio final.

Nada tan clásico como un castillo y su princesa. Quizá no un castillo enorme y principesco, con foso, puentes levadizos, altas almenas y caballeros de lustrosas armaduras. Y quizá no una princesa de serena belleza y dorados cabellos trenzados que sufra el desdén de una pérfida madrastra o de un rey, padre y señor que pretenda casarla con un indeseado galán que aporte fortuna en lugar de amor.

No. Será una niña cualquiera, y como cualquier niña será la princesa del castillo de su casa. Una niña cuya imaginación sin límites le permite volar tan alto como el sol alcanza, viajar tan lejos como el mundo existe, o sumergirse tan profundamente como el mar abarca. En realidad la niña, sin tenerlo todo, era capaz de construir su propio mundo, convirtiendo cada cosa, cada hecho, cada nuevo amanecer, en objeto moldeable a su fantasía, como lo es el barro en manos del hábil alfarero para hacer una vulgar vasija o la más hermosa escultura.

Y nuestra hermosa princesa se había empeñado en uno más de sus objetos imposibles. Quería alcanzar una estrella del azul intenso del cielo que se asomaba cada noche a su ventana porque ese sería el mayor tesoro que iluminase su alma. Tal era su empeño en esa gran aventura que cuando las luces se apagaban en toda la casa y el sueño vencía a todos los ojos, abría esa frontera entre su castillo y el mundo que era su ventana y estiraba su brazo hasta la punta de los dedos en dirección a la más brillante estrella que fuese capaz de divisar en el firmamento.

A veces casi podía sentir en esos deditos el calor tibio que desprende el rutilante brillo de la estrella. Y sólo con eso se sentía más cerca de su particular meta y se retiraba cansada pero satisfecha al dulce refugio entre sus sábanas. ¿Qué tiene de malo desear lo imposible, si ello, lejos de frustrar tus sueños, te hace disfrutar del intento como un logro en sí mismo? Ante una mirada externa y ajena, aquello no sería más que una locura o una torpe y pueril fantasía, pero basta en realidad acercarse con la inteligencia del corazón para darse cuenta que esa pequeña niña había logrado el milagro de ser feliz en el mismo deseo, sin necesidad de cumplirlo.

Pero un cuento es un cuento, y el milagro se obró en la magia de la noche. Y casi vencida de nuevo por el sueño y reconfortada con el cosquilleo rozando la yema de sus dedos, de pronto sintió cómo el tacto tibio de la estrella en todo su esplendor se acoplaba a su manecita, abarcando su inmensidad en un puñado. ¡Allí estaba! ¡allí la tenía! La estrella se había rendido a sus deseos, descendiendo del cielo para acunarse en su palma. Lágrimas de felicidad descendieron por sus mejillas con la sensación de poseer la más completa belleza que pueda colmar el corazón humano.

Guardó con mimo su pequeño inmenso tesoro en un cofrecillo de juguete. Ni la más preciada joya, espléndido diamante o gigantesco rubí podría compararse siquiera a la sombra de su singular fortuna. Y cada noche, a partir de aquella, no se asomaba ya a la vieja ventana para contemplar el profundo cielo azul oscuro, sino que abría su cofre para que esa visión inundase cada sentido de su pequeño cuerpo. Nada había en el universo mundo que pudiera hacer sentir lo que ella sentía, lo que ella vivía, lo que ella tenía.

Pero la felicidad no puede ser completa y eterna al mismo tiempo. Al menos no en este mundo, ni siquiera en los cuentos. Y nuestra pequeña princesa empezó a comprobar que cada noche, cuando acudía secretamente a la cita con su tesoro de felicidad, el fulgor de su estrella disminuía un poco, de manera apenas imperceptible. Era como si el cautiverio, cariñoso y enamorado, pero cautiverio al fin a que se había sometido, desgastase lenta pero inexorablemente el brillo cálido de su mágico interior.

Duraría días, meses, incluso años, sin duda, proporcionando a su dueña la feliz sensación de colmar todos sus deseos. Pero algo le decía a la niña que, aunque pudiese estar con ella toda su vida, tarde o temprano, su luz se apagaría y la estrella encontraría su final: el de una piedra más, oscura, seca y fría, no más valiosa que un canto rodado por el que pasa sin dejar huella el agua de un río.

Y sabía, por tanto, que debería elegir. Podía conservar para siempre su tesoro –sí, suyo, porque ella lo poseía por completo- para que cada vez que abriese el cofre escondido bajo su almohada le proporcionase las más hermosas e indescriptibles sensaciones que puede vivir el cuerpo y el alma de cualquier ser humano. O podía devolver la estrella al firmamento del que había bajado, a su plena libertad, lejana e inalcanzable, en la que solamente podría contemplarla con añoranza y deseo, sin llegar a tocarla, a sentirla, a poseerla y, por lo tanto, a colmarla.

¿Sería demasiado egoísta tenerla para sí misma? Al fin y al cabo, era sólo suya, sabía que nada podría hacerla tan feliz en toda su vida y nadie la echaría de menos… ¡había tantas! Por otra parte, ¿podría soportar la carga de saber que, con cada día y cada noche en su pequeño cofre, la estrella de su felicidad iría perdiendo calor y color, brillo y vigor, hasta quién sabe cuándo –quizá nunca- llegase su extinción?

Tan difícil dilema para una niña, como para el autor de un cuento. Así que, en mi cobardía de dibujar un final, es cuando recurro a la complicidad de tu lectura para que seas tú, en el papel de princesa, quien tome la decisión y dibujes tu final. Será tu historia, tu castillo, tu estrella, tu cofre… serás tú quien decida conservar tu tesoro o depositarla con lágrimas en los ojos, en el firmamento de tu noche.

7 Comments

  1. En todo caso, como en la vida, será nuestro. No te queda otro remedio que compartir. ¿Se acuerda, amigo de aquello del hombre y sus circunstancias?

  2. Beatriz

    uufffffffffffffffffffffff no me atrevería tampoco a terminarlo pero es muy duro desprenderse de algo por lo qu eha sluchado tanto, pero yo la dejaría en el firmamamento, porque me haría mas feliz verla a ella feliz.. fantastico

  3. Zoraida

    La niña creció y con ella su amor a la estrella, soñaba cada día con ella, la niña se hizo adolescente, luego una bonita joven con inquietudes,anhelos, deseos de disfrutar intensamente del amor de una persona que pudiera sustituir a su amada estrella, de esta necesidad, o deseo, nació una impetuosa necesidad de amar…. pasado el tiempo conoció a un joven que le colmó de atenciones y amor, años más tarde de esta unión nació un precioso bebé, y la luz de la estrella desapareció, pero una nueva luz, quizá más intensa creció a su lado….su bebé, nunca perdió su brillo, pues éste le acompañó a lo largo de toda su vida. (parábola de la niña y su estrella, se asemeja a la necesidad de todo ser humano del cariño y la compañía de otro ser humano)

    Gracias por hacerme partícipe de tu historia.
    Un abrazo

  4. JOSE ALBERTO

    Gracias a ti, Zoraida, por haber tenido la generosidad y la sensibilidad de ser mi “cómplice” en esta historia con tu propio final…

  5. María Olmdo López

    Mi final es mas triste pero no menos emotivo .. La niña que en definitiva era yo , con lágrimas en los ojos le dijo a la estrella ..hoy me siento tremendamente triste querida amiga por que mi decisión no es mía sino del destino que ha querido que después de años de sueños y sueños contigo mi querida estrella te comparta en esta vida aunque sea por solo unos momentos y asi llenarme de tu luz y sentirte en mi interior y tambien tocar tu mágia y tu color , y me siento triste por que me voy contigo y dejo aqui a gente que me ama y se sienten tristes por mi marcha pero .. dejo mis raices como humana para que crezca mi esencia en otras personas , me hace enormemente felíz irme contigo y ocupar ese lugar en el espacio mágico de la noche y junto a ti que me has acompañado durante años en mis momentos buenos y malos ..ahora no demoro más tu puesta en libertad pues está peligrando tu vida de estrella y quiero que sepas que en poco tiempo estaré junto a ti amada amiga –

    Bueno José Alberto ..es lo que me ha salido en estos momentos y no es para nada triste , por el contrario es muy hermoso final .. un saludo y sigue asi con tu poder de palabra y pensamiento , dandonos historias como estas .

    • JOSE ALBERTO

      Me ha encantado tu final, María… porque no te has limitado a elegir entre quedarte la estrella o dejarla ir. Vas más allá y tú misma acompañarás en ese viaje fantástico a la estrella que recuperará su lugar y su brillo en el firmamento: ser tú misma la estrella. Gracias por tu complicidad.

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